Las niñas literarias. ADN La Nación
Aun sin cumplir con las precisiones de entomólogo con las que Nabokov describió a Lolita -todos saben que Nabokov era un experto cazador de mariposas desde los siete años, cuando el conserje de su casa de campo en Vyra le atrapó con su gorra a una criatura de color amarillo pálido con manchas negras y almenados azules- podríamos afirmar que en la literatura no abundan las púberes. En la trasposición al cine de la novela “Expiación” de Ian McIwan, la jovencita de trece años que protagoniza el libro es desplazada a un papel secundario en favor de su hermana mayor Cecille, una adolescente. Algo similar le sucedió a la heroína intersexual de “XXY”, que en el cuento del argentino Sergio Bizzio tiene doce años y en la película homónima de Lucía Puenzo es también mayor. En “Expiación” la pubescente Briony se construye como escritora y como adulta al cometer un acto atroz que la obliga a atravesar la pérdida de la inocencia, tarea que parece haberle sido encomendada a McIwan en casi todas sus novelas y que lo convierte en el escritor más artero, despiadado y elegante de la lengua inglesa actual. Su libro es una anatomía de la maldad a la vez que una historia de celos, sentimientos de culpabilidad y vidas resquebrajadas que traza una genealogía de la hipocresía social y coloca un crespón negro a la idea de la niñez candorosa.
La escritora belga Amélie Nothomb, fenómeno de ventas en Francia, ganadora del Gran Premio de la Academia y favorita de los críticos entre los escritores menores de cuarenta años, organiza sus ficciones en un lugar equívoco entre la novela y la autobiografía en el que se ubica la niña cruel que es su heroína. Los once años no son la edad de la compasión, dice Amélie Nothomb mientras urde la cuidada lógica de víctima y verdugo que rige su obra. En “Biografía del hambre” retrata a sus padres
embajadores en Oriente como “profesionales de lo mundano” y atribuye su exaltado alcoholismo infantil a los restos de las copas de champagne de los cócteles de los diplomáticos. Sus resacas transcurren en la Pequeña Escuela Francesa de Pekín, donde además fragúa una futura anorexia devorando, a escondidas en el baño, decenas de spéculoos, una golosina belga inhallable en China. Su fase púber comienza en el Liceo Francés de Nueva York, cuna de la élite más sofisticada de Manhattan, en el que su impecable acento conquista a diez admiradoras aunque ella sólo se enamora de dos, a las que toma de la mano para ir al Central Park y con las que hace pactos de sangre y de uñas cuando se va con su familia a vivir a Bangladesh. Celebra la despedida con su hermana y su niñera, tres cigarrillos y unas copas altísimas de absenta alucinógeno color verde.
Al descubrir que ingiere diez litros por día su madre la declara filo-maníaca y le prohíbe tomar agua pero no puede impedir que lleve en el avión, oculta en el bolso de su hermana, una botella de agua de Kent Cliffes: nostalgia anticipada en estado puro. En Bangladesh, a los once años, multiplica por dos dedos su ración diaria de whisky para sentir menos repugnancia por los hombres sin nariz y con el cerebro fuera del cráneo a los que ve mientras vive con sus padres en la leprosería de Jalchatra. La dislocación de la pubertad se registra con parquedad en la prosa de Nothomb: un ataque sexual, una quema iniciática de pechos –como las amazonas, que incendiaban uno de sus senos para usar mejor el arco- y dos meses sin comer. El modo de vida jansenista la lleva a pesar treinta y dos kilos y a curar su alcoholismo. A los quince años y medio, con la llegada de la adolescencia, vuelve a comer.
Los hermosos años del castigo
El internado de chicas condensa, en su iconografía mórbida y sonrojada, en su tono claustral, los secretos, las ambigüedades y los ritos de pasaje de las niñas literarias. El pensionado inventa, o reinventa, la orfandad como estado de ánimo, las amistades amorosas entre chicas como redención. Fleur Jaeggy, una narradora suizo-italiana contemporánea, dice que la juventud es el momento en que se anidan todas las ruinas. “Los hermosos años del castigo” transcurre en el cantón más conservador de la Suiza de habla alemana, el Appenzell, donde se paseaba el escritor bartlebiano y suicida Robert Walser. En el Bausler Institut la obediencia y la disciplina ritman el orden que la narradora y su amiga-enamorada Fréderique procuran eludir armando cigarrillos en sus cuartos y evitando a las toscas chicas bursch, que en alemán quiere decir muchacho.“Proleterka”, su único libro editado en Argentina relata el viaje iniciático de una chica de quince años con su padre a bordo de un barco yugoeslavo bautizado, como el título, “Proletaria”. La chica de quince y su compañera del colegio pupilo, que se hace llamar Sebastian, se juramentan tener sexo de forma primaria con desconocidos. Ella se aboca a la praxis con un oficial de barco en unas ominosas y metódicas visitas nocturnas a su camarote. En la entrada en el Bósforo se siente “rifada”, así lo escribe esta virtuosa de la Lengua parca y cruel, y busca un tema de conversación –y no lo encuentra- para relacionarse con su padre, un hombre de ojos claros, fríos e innaturales que no le habla. Su familia, a la que califica de “aspirantes a suicidas”, vive sumergida en una especie de fábula de hielo. Porque los libros de Jaeggy no sólo hablan de colegios pupilos y de muchachas, también hablan de funerales, madrastras y suicidios: su obra es un viaje a la tierra de los muertos.
Maxine Swann vive la mitad del año en Buenos Aires y la otra mitad en Columbia, donde da clases de literatura latinoamericana. Su primer libro, “Chicas serias”, podría encolumnarla con las chicklit en el género literatura de chicas y para chicas (y para fisgones amigables). Su dúo sáfico de muchachas atrevidas vive en un dormitorio estudiantil situado en los márgenes de un pueblito próximo a Nueva York donde se albergan sólo nueve alumnas vestidas con unas túnicas azul cobalto que emulan el uniforme de tela marrón de las internas del asilo Lowood de Jane Eyre. Porque ¿es preciso decirlo?: en los pensionados de chicas todo, todo sucede después de las Brontë. Uno de los libros predilectos de las chicas de Swann es “Jane Eyre”, precisamente, la especialista en internados de chicas tristes, entre otras cosas.
El cuarto rojo
Los mitos sobre la menarca y sus elipsis, disimulos y sentidos simbólicos podrían leerse, bajo tantos artificios cuanto la escritura puede adoptar, como el significado íntimo de muchos textos literarios. Su economía del ocultamiento acepta la dilapidación en metáforas, parábolas, alusiones, desde la técnica de obtención de éxtasis de Drácula hasta el martirio y muerte de Helen Burns, la púber santificada por Charlotte Brontë en Jane Eyre.
La tía Reed de Jane Eyre, que en términos actuales sería definida como una dómine BDSM (bondage o encordamiento/disciplina/ dominación/sumisión/sadomasoquismo) no hace otra cosa que colocar a Jane, a los diez años de edad, en todos y cada uno de los escenarios requeridos para sus prácticas sexuales alegóricas. El lúgubre cuarto rojo donde Jane es encerrada bajo llave, de cortinados rojos y alfombra roja, color que remite a otro artificio sobre la menarca; el castigo de permanecer inmóvil y parada sobre un banco frente a todas sus condiscípulas; los flagelos a que las somete el director del internado, el señor Brocklehurst, parecen sucesos más apropiados para una historieta de Guido Crépax que para la literatura juvenil anlosajona.
Los cuentos de Silvina Ocampo abundan en historias de niñas que aspiran a “volverse señoritas” y mujeres que quieren ser niñas pero siempre están fuera de lugar, incómodas; chicas que con sus actos extravagantes o estrafalarios distorsionan el sentido de normalidad. En algún sentido todos sus libros giran en torno al dislocamiento de una normalidad asignada a las mujeres, pero lo particular en Ocampo es que lo hacen de un modo ambigüo, sutil o lateral; más que gestos de confrontación se trata de comportamientos anómalos que subvierten la norma en silencio.
La protagonista de “El pecado mortal”, a pocos días de tomar la primera comunión descubre cómo proporcionarse placer a sí misma usando como afrodisíaco una flor de color rojo llamada plumerito y un libro de misa de tapas blancas que lleva inscripta la lista de pecados. El carácter perturbador del cuento proviene no tanto de la relación proto-sexual que la heroína tiene con un empleado de la casa sino de su noción de culpa y pecado, de su preferencia por el plumerito rojo. La comunión con el vestido blanco y los guantes de hilo, signos de la inocencia y la pureza en este caso se produce “con dolor de parricida, de condenada a muerte por traición”. La joven embustera, sin haber confesado, comulga en estado de pecado mortal. Pálida y helada por el frío, muerde la punta de su libro de misa cuando se arrodilla frente al altar mayor.
En “La siesta en el cedro” la niña rica se lastima la rodilla hasta hacerla sangrar para poder llorar por su amiga, la niña pobre a la que sus padres no dejan ver porque está “enferma”. Cuando logra ver a su amiga, pese a la prohibición de su madre de tomar agua del mismo vaso ella lo hace ávidamente. Silvina Ocampo, que también era poeta, enlazó la amistad entre chicas y los fluidos, la sangre, la enfermedad y la prohibición y les dio la forma de un relato infantil, como si se tratara del relato de los fantasmas que asechan a las niñas antes de emprender el viaje iniciático a la madurez (y como si anhelara encontrar el conjuro).
Fue Claudine, la muchachita pervertida y pervertidora de Colette quien introdujo, con la publicación de “Claudine à l’école”, exactamente en 1900, a la heroína insolente y desprovista de todo sentido moral. Claudine es lúdica y lúbrica: se deja manosear por el doctor Dutertre, el médico del pensionado, para luego propinar bofetazos a Luce, la chica de trece años más sonrosada, corrompida y sexy de toda la literatura. Luce le pide clemencia con los ojos verdes brillantes de exitación: “me tratas como a un perrito” gime, las mejillas amoratadas y llenas de pastillas de menta, soborno de Claudine, que la llama “animalito tramposo” y se ríe cuando las otras pensionistas le esconden el camisón y la dejan desnuda en el baño. Toda la obra de Colette revela la naturaleza salvaje, roussoniana, libertina y lésbica de su creadora.
La escritora y videoartista francesa Valérie Mréjen presentó su último libro como una novela en súper ocho escrita à la Perec y con formato de cancionero de Gilbert Bécaud. “Mi abuelo”, una novelita autobiográfica, delinea a su autora a través de la descripción de la familia que la rodea. La describe por omisión.
A regañadientes e instado por su amigo el crítico Edmund Wilson, Nabokov dictó, en una de sus clases sobre literatura europea en la Universidad de Cornell un curso sobre Jane Austen. En la preparación de las clases tuvo que hacer cierto esfuerzo, bromeó después con sus alumnos, “para reunirse con las señoras en el salón”; en el siguiente curso sobre Dickens, en cambio, se demoró “en la mesa con el oporto dorado”. Nabokov observó que con sus trazos delicados Jane Austen tejió de una manera un tanto arácnida su encantadora novela de tocador “Mansfield Park”, en la que utiliza la figura de la muchachita desvalida, de tímida belleza que también aparece en Dickens, Dostoievsky y Tolstoi, tan frecuente en las novelas de los siglos XVIII y XIX. Jane Austen rescata a Fanny Price de su humilde hogar materno a los diez años para convertirla en la protegida de sus tíos aristócratas de la campiña inglesa; su incrustación en el seno tibio de una familia ajena facilita las constantes corrientes de pathos, que incluyen la rivalidad con las muchachas de la casa y una inclinación romántica hacia el hijo menor.
La novela se suspende con un intervalo entre los diez y los quince años de Fanny, momento en que retoma para continuar su compleja trama de noviazgos, titubeos y fingimientos. “Mansfield Park” es la obra de una dama, y tal vez esa condición de la narradora explique la interrupción del hilo en el momento de la pubertad. Porque la pubertad, esa metamorfosis ubicada en un epicentro difuso entre lo incipiente y lo siniestro, parece negarse a la literatura, al punto de que podría adscribirse entre “lo que no se nombra”. Nadie, sabiéndose púber, se identifica como tal ante los otros, nadie quiere revelar el tembladeral de fluidos en que el que se sucumbe; lo indecible no cristaliza una identidad social sino más bien lo contrario. La pubertad es una suspensión en un sentido amplio, una banda de Moebius escatológica y vital. Y si no se nombra es porque la pubertad, y de esto Jane Eyre sabe más que Nabokov, es el laboratorio de todas las melancolías y de todas las vergüenzas.





