El día en que dejé de ser famosa (Ciclo Confesionario y Cuadernos Privados de Clarín)
Escribí un libro en la última década del siglo pasado. Lo hice con una compañera de trabajo, aunque en rigor no gozábamos del mismo rango en nuestro trabajo: ella era la redactora estrella del periódico de mayor tirada de Buenos Aires, yo, una modesta colaboradora que cobraba a destajo por cada artículo que publicaba. No gozaba de beneficios médicos ni sociales y para ingresar al periódico debía entregar mis documentos a un empleado apostado detrás de una mesa en el hall central del edificio. A cambio, me colgaban de la pechera un ofensivo cartel que denunciaba en grandes letras mi condición de VISITA (apenas podía yo desenganchaba el cartel y lo ocultaba en un bolsillo).
Desde unas estrechas sillitas las otras visitas y yo aguardábamos, muy apretados, a que un miembro de la redacción aprobara nuestro ingreso al diario. Esas sillitas fijaban con precisión nuestro lugar en el mundo. Sólo teníamos que mirar a nuestros costados: informantes de la sección policiales, actores de tercera línea, pasadores de carreras de caballos, un tipo con una guitarra, poetisas de pelo demasiado ralo, deportistas en baja; todos ellos eran lo que era yo, esto es: nadie. Una chica que no podía pagar las facturas de luz. Y que escuchaba el Bolero de Ravel porque alguien había olvidado el disco en su casa.
La obra literaria en cuestión, un vulgar libro de chismes, merced a la eficacia de mi co-equiper se hizo inmensamente popular. Fue nota de tapa de la revista dominical más leída, durante cuatro meses se hicieron concursos radiales de preguntas y respuestas sobre los personajes del libro, mi co-equiper y yo nos maquillábamos en los taxis rumbo a las sucesivas entrevistas en TV; firmamos cientos de ejemplares en la Feria del Libro; por la calle nos topábamos con desconocidos que gritaban nuestros nombres; los artistas, los escritores nos trataban como si fuéramos uno de ellos, como si compartiéramos su genio. Lo peculiar de esta celebridad es que se presentó con tal naturalidad, con modales tan encantadores, que produjo el efecto de confundirse con personalidad. Quiero decir que parecía que así era mi personalidad. Que todo siempre había sido así. Y que sería siempre así.
Se vendieron diez ediciones del libro. Cincuenta mil ejemplares. Pagué la cuenta de la luz, entre otras cosas.
Las fiestas, los halagos, las sustancias euforizantes, las sustancias relajantes, me produjeron una deliciosa amnesia, amnesia que afectó directamente la corteza en la que se hallaban incrustadas las sillitas del hall del periódico.
Luego, muy lentamente, con el paso de los meses, los sonidos comenzaron a templarse. Las luces titilaron, se hicieron más tenues. Las fiestas menguaron, los amigos también, hasta que, en una de las últimas fiestas, un fotógrafo se acercó.
¿Cuál es el momento exacto en el que una persona deja de ser famosa? Puede medirse con relativa precisión el momento en el que una persona comienza a ser famosa, pero no es tan sencillo registrar el de su ocaso. Una posibilidad es fijar el día en que un fotógrafo, en una fiesta llena de celebridades, luego de disparar unos flashes sobre alguien se le acerque y en un susurro le pregunte su nombre. Pero el verdadero último estadio de la humillación para un ex famoso es el momento en que un fotógrafo le hace, en vez de una, dos preguntas: la primera, el nombre, la segunda, su número telefónico. El fotógrafo que solicita el número de teléfono a un ex famoso no trabaja para un medio periodístico. Al día siguiente de la fiesta llamará al ex famoso y le ofrecerá las fotografías que le sacó junto a las celebridades a razón de unos cincuenta pesos cada una. Yo no las compré.
Las cosas habían vuelto, entonces, a acomodarse en la misma sillita estrecha en donde habían comenzado. Los tonos sombríos volvieron a mí, alborozados. No tuve que escuchar más música de rock. Ya no era la chica más moderna de Buenos Aires. Y es que, olvidé contarles: por una combinación azarosa de factores, por un estúpido error, aquella fama, además, me había señalado como el arquetipo de la modernidad. Otra confusión entre fama y personalidad. No, yo no era una chica moderna. No era una cuestión de personalidad. O sí, era una cuestión de falta de personalidad. Cuando se fue la fama se llevó mi personalidad. Y de esto era de lo que quería hablarles.
Cuando Cecilia Szperling me invitó a leer este texto en el Ciclo Confesionario, lejos de alegrarme porque alguien volviera a acordarse de mí, fui presa de un ataque de pánico. Convenientemente medicada, pero aún así abandonada al desánimo, en el curso de esos días me fui enterando que en el Confesionario leían asiduamente notables poetas, artistas y escritores, información que no hizo sino pulsar el obvio interrogante que atenazaba mi ser íntimo: ¿por qué fui invitada a leer mis “textos” en el Confesionario?
Y la respuesta me llegó cuando comprendí que la operación que efectuó Cecilia Szperling al invitarme a mí, a Laura Ramos, a participar en sus ciclos de lecturas fue la misma operación que efectuó Quentin Tarantino al invitar a trabajar en sus películas a John Travolta y David Carradine, los rancios, cascados héroes de Fiebre de sábado por la noche y Kung Fu.
“Confesionario. Historia de mi vida privada” (compilado y prologado por Cecilia Szperling). Libros del Rojas. U.B.A. y Cuadernos Privados de Clarín









